Fue el hambre lo que dio a luz a Cero. A modo de cualquier entidad insignificante, comenzó alimentándose de la materia más pequeña del cosmos, como el espacio que ocupaba en ese entorno desconocido e indiferente a su nacimiento.
Su desarrollo era lento, pero con el paso de unos cuantos eones del hambre brotó el gusto: el sabor, la textura: el placer al comer lo que llegaba a su ser. La consistencia de la sapidez de la materia se volvió un instrumento indispensable para interpretar su entorno, el afuera se iba asiendo más complejo; la distinción entre lo agradable y lo desagradable le dieron a entender que el espacio exterior era muy ajeno a sus caprichos.
Mientras se expandía notó que no era el único en poseer un mínimo de coherencia: había sistemas físicos y metafísicos que se interrelacionaban en otros mucho más complejos; pero que al final, no eran más que un reflejo de sus propias existencias. Los organismo más aptos se expandían, mientras que los mermados no tenían otro destino más que la asimilación. Aprendió que el entorno que lo rodeaba era inteligente, capaz de sostenerse por si mismo e indiferente a aún propositito claro o prolongado. Cero pudo calificar cualidades en común con estos sistemas.
A su pesar, la empatía se convirtió en un obstáculo cuando creció lo suficiente como para empezar a asimilar a estos entes.
Percibió por primera vez el remordimiento; pero la naturaleza que lo cimentaba era incuestionable, “eran ellos o él”, se dijo mientras se escondía en su primitiva lógica. Para Cero estos entes habían cobrado complejidad, y los sintió en su interior: derivando en sensaciones extrañas que los terrícolas llamaban miedo, rabia, lastima, amor, desesperación…
El festín acabó. Cero ya era plenamente “humano”; o como esos organismos se hacían llamar. Lograrlo solo le había costado a esta civilización su propia extinción. En la tierra solo existía él: la humanidad se encontraba en su ser, alimentándolo con sus nutrientes e inteligencias.
Cuando Cero consumió hasta el último pedazo de la tierra se expandió por el cosmos. Los conocimientos humanos no fueron suficientes para explicarle el entorno en el que se desplazaba. Su hambre no hacia más que expandirse y, con la humanidad en su interior, parecía que había más seres de los cuales cuidar. Del habré colectivo Cero pudo cobijarse en un nuevo descubrimiento interior: la búsqueda de un conocimiento que le era incompatible, los humanos lo llamaban: “curiosidad”. Aunque los milenios le revelarían que solo era una forma más placentera de valorar el hambre. La humanidad, a la que se le unirían nuevas civilizaciones provenientes de todas las direcciones del Universo, exigió, desde lo más profundo de su cerebro, la explicación de esta oscuridad infinita. “¡Devora cero!”, gritaban. “¡Engulle! Tráelo con nosotros, tenemos hambre”.
Los miles de billones de años pasaron, los reclamos humanos desaparecieron entre el coro cósmico que ahora lo conformaba. El cuerpo de Cero era una amalgama de sentidos, leyes y emociones. Él apenas podía reconocerse a si mismo, ahora era un punto que pronto se disolvería entre el ruido infinito de su gigantesco cerebro.
El Universo fue engullido, el hambre lo consumía todo. Ya no quedaba nada de Cero en la nebulosa masa cósmica que antaño había sido su cuerpo. Los eones transcurrieron, el ruido se disipó y el orden se propagó por los rincones de la masa primordial. El cosmos regresó a su estado natural.
El orden había sido restablecido; mientras, desde el origen más discreto del universo, empezaba un nuevo ciclo y Cero volvía a nacer.
